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LA PASTORAL DE LA CULTURA

Conferencia pronunciada en Tucumán, Arg.

La Constitución conciliar sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, promulgada solemnemente el 7 de diciembre de 1965, sienta las bases para una presencia decisiva de los cristianos en el proceso cultural. De hecho, la temática tratada no tenía el camino hecho, era terreno por labrar y explorar, no obstante tanta práctica ejercida, iniciada por Jesús al comunicar la Buena Nueva de la Salvación por medio de palabras, imágenes y gestos. Siendo la relación fe-cultura una temática nueva, la Gaudium et Spes constituyó el punto de partida[1], el inicio de un trabajo de profundización y praxis creativa.

La importante toma de posición conciliar se inserta en las corrientes culturales del momento y coloca la cuestión a lo largo de diez números (53-62). Ya en el número 22 establece que la dedicación a las actividades culturales es parte de la obediencia al mandato divino de dominar la tierra, y contiene la promoción de la dignidad humana. La Iglesia está llamada a establecer un diálogo respetuoso con las diversas culturas. Esta función cultural es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia.

La Gaudium et Spes necesitaría una continuidad, ya que estos 50 años han portado profundos cambios culturales. Vamos a comenzar por reconocer las grandes líneas trazadas por los padres conciliares en 1965.

1.      Grandes líneas para una pastoral de la cultura presentes en la Gaudium et Spes

El documento conciliar comienza trazando algunos principios para una sana promoción cultural: la persona alcanza la plenitud humana a través de la cultura, propia de todo grupo humano. La cultura humana lleva consigo necesariamente un aspecto histórico y social, y en este sentido se habla una pluralidad de culturas (n. 53).

Había la conciencia de vivir una nueva época de la historia humana. La cultura era vista como servicio de desarrollo humano pleno, abarcando todo lo que mejora la calidad humana de la vida. Incluye las dimensiones  histórica y social; acoge los aspectos sociológico y etnográfico. La condición humana, en sus estilos de vida, atraviesa cambios profundos. En la cultura actual de entonces (1965) tienen un lugar especial: las ciencias exactas, la psicología, las ciencias históricas, la vida comunitaria favorecida por la urbanización y la industrialización, las relaciones sociales e internacionales, que preparan y promueven una forma más universal de cultura (n. 54). Aquí se lanza ya un tenue puente para lo que hoy nos envuelve ya plenamente: la compleja globalización y una revolución cultural acelerada, incluso vertiginosa.

El ser humano, valorando el sentido de autonomía y responsabilidad, da lugar al nacimiento de un nuevo humanismo (n. 55). El Concilio no preveía cómo el exceso de autonomía y la ruptura de responsabilidad ocasionase una evolución de la que, en la crisis actual, estamos sintiendo las consecuencias.

Los Obispos de todo el mundo que sienten la dificultad en clarificar la misión de la Iglesia para desarrollar en la persona humana el perfecto cumplimiento de sus deberes humanos y cristianos, identifican algunas antinomias existentes que el hombre debe resolver: el diálogo cultural y la índole propia de cada pueblo; dinamismo del futuro y respeto por la tradición; cultura científica y educación clásica, especialización y síntesis, para evitar un humanismo meramente terrestre o más aún contrario a la religión misma (n. 56).

La Constitución conciliar, aunque es consciente de estas que tensiones se acentúan, se nutre de una visión optimista al analizar la relación entre fe y cultura, (n. 57). El amor por cielo hace promover el cultivo de la tierra y participar en la obra creadora. Cultivando las ciencias y las artes, las comunidades cristianas contribuyen para que la familia humana se eleve y se abra a la contemplación de Dios. No deben silenciarse los peligros de cierto fenomenismo, agnosticismo y antropocentrismo, pero sin fatalismo, porque la ciencia puede dar frutos de justicia y caridad. Una acentuada quiebra ética iría a poner en peligro esta perspectiva positiva, típica de los años de la posguerra.

La Constitución conciliar reconoce cómo la Revelación y la Encarnación permanecerán insertadas en una cultura particular. La Iglesia se ha servido de una variedad de lenguajes culturales para proclamar el Evangelio. Entra en comunicación sin someterse; más bien acontece un mutuo enriquecimiento (n. 58). Para desempeñar este servicio de vigilancia son necesarios principios.

Son desarrollados de manera adecuada los principios con los cuales juzgar los diversos impulsos culturales[2]. Veamos estas bases fundamentales: es necesaria una cultura que promueva la dignidad humana, educar para la contemplación, para la personalidad, para la religiosidad. Dentro de los límites del bien común, la cultura debe ser libre y respetada. La ciencia y la fe constituyen dos órdenes de conocimiento. La ciencia tiene justa autonomía de investigación y difusión de opinión. La cultura no debe ser puesta al servicio del poder político o económico (n. 59).

Después de establecer los principios, el Concilio enumera las tareas de los cristianos en relación con la cultura: se debe favorecer el acceso de todos los ciudadanos a la cultura, con conciencia del derecho y el deber de educarse a sí mismo (n. 60). Junto con el derecho a la cultura está el deber de cultivarse, eliminando las condiciones sociales que crean obstáculos.

La misión específica de la familia y de la sociedad es la educación para una cultura integral (n. 61), a través de los medios de comunicación y el uso del tiempo libre. Éste debe ser usado en estudios, viajes, deporte, que permitan promover el conocimiento y la fraternidad entre las personas.

La Gaudium et spes reconoce las divergencias que a veces existen entre las propuestas de cultura humana y la doctrina cristiana. Los nuevos descubrimientos históricos, científicos y filosóficos exigen a los teólogos nuevas  investigaciones (n. 62). También el arte y la literatura deben merecer atención de la Iglesia en orden a acompañar  nuevas tendencias.

Los Padres conciliares auguran que los fieles vivan la vida de su tiempo, armonizando las nuevas ciencias y técnicas con el pensamiento cristiano. Los teólogos cultiven el diálogo con los que se distinguen en esas ciencias. Desean que muchos laicos se dediquen a los estudios teológicos reconociéndoles, como a los eclesiásticos, libertad de investigación y manifestación de opinión.

2.      Vientos de cambio de la historia

En el pasado la evangelización de la cultura y la inculturación de la fe acontecían de forma más espontánea, gracias al difuso sentido cristiano de la sociedad. Hoy no. Hay división. La fractura entre Evangelio y cultura, reconocida por el Papa Pablo VI en 1975[3] como el "drama de nuestra época", creció hasta nuestros días y continúa. Era celebre y se ha repetido con frecuencia la afirmación de Juan Pablo II[4]: "Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada y no fielmente vivida"

El Beato Juan Pablo II aceptó la herencia conciliar y concretizó en el Consejo Pontificio de la Cultura la preocupación esencial que formula así: "Ya desde el comienzo de mi pontificado, vengo pensando que el diálogo de la Iglesia con las culturas de nuestro tiempo es un campo vital, donde se juega el destino del mundo en este ocaso del siglo XX”[5]. En mayo de 1999 el Consejo Pontificio de la Cultura publicó un documento titulado “Para una pastoral de la cultura”.  Pretendía dar respuesta al deseo del Papa Juan Pablo II, claramente formulada en 1985: “Debéis ayudar a la Iglesia a responder a esas cuestiones fundamentales para las culturas actuales: ¿Cómo hacer accesible el mensaje de la Iglesia a las culturas nuevas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad? ¿Cómo la Iglesia de Cristo puede hacerse entender por el espíritu moderno, que se ufana de sus realizaciones y a la vez se preocupa por el futuro de la familia humana? ¿Quién es Jesucristo para los hombres y las mujeres de hoy?”[6].

Asimismo, la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla (1979) y Santo Domingo (1992) habían dado orientaciones pastorales precisas y aportado concretizaciones para esta dimensión pastoral.

La fe cristiana no se reduce a un fenómeno cultural, religión civil, herencia de una religión ya poco seguida. Cultura con la calificación cristiana no es un sistema cerrado y completo. La cultura, inspirada en Jesús y testimoniada en la Iglesia es clave de lectura, perspectiva abierta, apelo a la creatividad, promotora de la libertad y de la vocación integral  del ser humano, respetuosa de la autonomía de las realidades terrenas y se enriquece continuamente con el intercambio intercultural.

Pasados cincuenta años, se operó una revolución cultural que exige una profunda atención, una lucida reflexión y discernimiento, un sabia intervención y conversión pastoral.

El n. 42 del "Instrumento de trabajo" del próximo Sínodo sobre la Nueva Evangelización, afirma: “los Padres conciliares han visto en el horizonte el cambio cultural que hoy es fácil de verificar. Esta nueva situación, que ha creado una condición inesperada para los creyentes, requiere una particular atención para el anuncio del Evangelio, para dar razón de nuestra fe en un contexto que, respecto al pasado, presenta muchos rasgos de novedad y de criticidad”.

Uno de los escenarios que es importante leer y descifrar para discernir los caminos de la nueva evangelización es exactamente el escenario cultural (n. 52-54). Los otros escenarios enumerados en el documento, también reflejan una visión cultural: la migración, la economía, la política, la investigación científica y la tecnología, las comunicaciones y las redes informáticas, la religiosidad. Ahora no podemos desarrollarlas.

Las profundas modificaciones culturales de las últimas décadas pusieron en crisis la vida cristiana. Dando por descontado los enormes beneficios obtenidos para las personas, en su vivir cotidiano, se verifica una pérdida del sentido de lo sagrado, una liberalización del concepto de trascendencia, un rechazo práctico de la cuestión de Dios, que socava los fundamentos de la fe y la comprensión las experiencias fundamentales del nacer y morir, del vivir en  familia, de la referencia a la ley natural moral (n.43). Se cae en el desierto interior, con ausencia de Dios en la conciencia humana. Una visión secularista invade el cotidiano. La mentalidad consumista y  hedonista empieza afortunadamente a ser cuestionada por la crisis económica, pero sin dar lugar a un cuestionamiento del estilo de vida. Las respuestas religiosas se deslizan hacia formas espiritualistas  individuales  o hacia un neo-paganismo, que favorecen el "ambiente general del relativismo" (n. 53).

3.      El diálogo fe y culturas refleja la lógica de la Encarnación del Verbo, la lógica de conversión o transformación y la lógica escatológica.

'' La Biblia, Palabra de Dios expresada en el lenguaje de los hombres, constituye el arquetipo del encuentro fecundo entre la Palabra de Dios y la cultura.”[7]. Dios toma la iniciativa y el diálogo es acogido por un pueblo con su cultura. Ahora, lo que siempre sucedió de manera natural en el proceso de la Revelación, que la Sagrada Escritura custodia, nosotros  hoy, necesitamos reflexionar y cuestionar. La inculturación vivida aconteció siempre, con más profundidad o superficialidad, con más fecundidad o rechazo instintivo. La historia de la Iglesia es un camino permanente con pasos de apertura a la grandeza de Dios, una cultura capaz de abrir de par en par  un futuro nuevo, o también con opacidad a las llamadas de Dios, resistencia de estructuras decadentes, rigidez de lenguajes  ultrapasados, estilos de vida lejos de la limpidez evangélica, arte repetitivo, gramáticas fuera de tiempo. Bastaría recordar el esfuerzo pionero de San Justino y San Clemente de Alejandría, o el trabajo de dos genios como Orígenes y Agustín, el marco aristotélico de santo Tomás de Aquino, la originalidad del Maestro Eckhart, el ímpetu de Newman y de Rosmini, Edith Stein y Pavel Florenski (cf. Fides et ratio, 36-48).

Si la lógica de la Encarnación marca toda la acción pastoral de la Iglesia, en el campo de la pastoral de las culturas se aplica con mayor incidencia la experiencia de expresar, dar forma, lenguajes, ritos, valores y actitudes a la novedad de la fe cristiana.

Como en la naturaleza divina y humana de Cristo, tampoco entre la cultura y la fe cristiana no debe haber ninguna confusión ni separación, sino distinción y correlación. La confusión sería monofisismo cultural porque no respetaría  el carácter trascendente de la fe en cuanto don de Dios, y no el producto de ninguna cultura. Por otra parte  no permitiría apreciar la legítima autonomía de la cultura, resultado de las personas que se cultivan y se desarrollan en el tejido social.

La separación equivaldría a un nestorianismo cultural, destinado a crear separación y división entre la dimensión de la fe y la cultura. Por lo tanto es importante superar la separación entre la conciencia cristiana y la cultura contemporánea.

Los discípulos de Cristo viven los auténticos valores propios de cada tiempo. Sin embargo, la obra de evangelización no consiste en simples adaptaciones a las culturas. Las comunidades cristianas no van a remolque de las modas. Se requiere siempre un trabajo de purificación, de corte valiente, de maduración y cura. Para Juan Pablo II, cada cultura, cualquiera que sea, tiene una apertura a la transformación y al misterio del ser humano y de Dios y es tarea la fe y de la evangelización purificar, transformar y elevar la cultura. Entonces, el encuentro con Dios en los pliegues de la historia lanza una fuerza misteriosa que toca los corazones, lleva a la conversión y a la renovación. Renovación no sólo cultural sino también espiritual y moral. La fe se une a una cultura sin que sea un rehén. En este proceso de inculturación se excluye el sincretismo, porque el mandato de Cristo no significa adaptar el núcleo de la fe a las corrientes culturales que pasan, sino un anuncio lleno de audacia de una vida rebosante de la voluntad de salvación del Padre, de la encarnación de Cristo, del poder de Espíritu, que une las diversas lenguas y culturas para proclamar las maravillas de Dios[8].

El cristianismo al tomar cuerpo donde se encuentra, al ser fermento a través de gracias ofrecidas a los seres humanos en vista de la vida eterna, también considera la escatología como clave para una antropología vigorosa y solidaria. La cultura es la anticipación de la bienaventuranza. La carne está llamada a ser beatificada, por palabras, profecías y críticas. La perspectiva del futuro y el valor de la vida son, como la lógica de la Encarnación, igualmente determinantes. Los valores de los que el cristianismo es portador poner en juego la "ideología dominante", contra el comercio de los espíritus y los cuerpos, contra el consumismo, contra el crecimiento de lo  insignificante, el desarrollo de cultos de la riqueza y de los  esoterismos.

Los cristianos deben contribuir con alternativas viables y no sólo con proclamas poéticas, con intervenciones en la realidad concreta, con propuestas para una convivencia sólida y con futuro[9].

La lógica de la Encarnación, siempre renovada y concretizada, y la lógica de la transformación se unen en la relación entre la cultura y la fe. Inculturación de la fe, inscrita en la naturaleza de la fe, y evangelización de la cultura, que se desarrolla a la medida del ser humano, tiene en vista un futuro que trasciende la historia. Asume, purifica, consolida y eleva,  como lo programó la Lumen Gentium (n.13).

Cómo recuerda  el documento "Para una pastoral de la cultura " la adhesión de fe de Abraham fue también una ruptura cultural, que culminaría en la cruz de Cristo. Los ídolos de las ideologías tienen  la medida de sus mentores, Dios quiere una humanidad en conversión permanente, para una vida abundante, llena de bondad, verdad, belleza. La propuesta de  fe cristiana "amplía los horizontes de la moral humana"[10]. Somos portadores de una novedad absoluta para el corazón de las culturas. No podemos tener miedo de sobrepasar los límites de cualquier cultura, no podemos quedar atrapados en perspectivas terrenas.

La fe y el Evangelio, si no son capaces de decir Dios, de anunciar la victoria de Cristo sobre el drama de la condición humana, de abrir espacios para el Espíritu renovador, en los contextos culturales de hoy, no están vivos en los discípulos de Jesús de esta hora. Nos preguntamos: ¿cuál es la tarea de los cristianos en la cultura posmoderna? Para ser transformada por la novedad cristiana la cultura contemporánea necesita voces, signos, gritos, brisas suaves que sacudan la conciencia, que cuestionen el vacío, el pronto a pensar y ofrezcan vías con sentido, constructoras de una nueva humanidad.

4.      Aprender a estar en la historia para contribuir en la construcción del futuro

Los grandes evangelizadores tienen una elevada capacidad para captar en cada cultura las semillas escondidas de la verdad, porque todos los seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios guardan en las expresiones culturales marcas de lo infinitamente bueno, bello y verdadero, reflejo de la Sabiduría creadora de Dios. Es importante captar estas posibilidades de apertura a la trascendencia y entrar con creatividad  y mucha reflexión  para renovar los caminos de la salvación y la redención de Cristo en cada lugar y en cada hora. Llantos y comparaciones nostálgicas nada construyen. Evangelizar la cultura no consiste en una forma previa, en un estilo fijo, que es, o que se encuentra, sino en dejarse sorprender por la interioridad rica de presencia de Dios y operar un encuentro que a partir del interior, como lo hizo Jesús con sus discípulos, con pedagogía y plena conciencia de misión, lleva a cabo la transformación de los límites de la fragilidad humana, que sólo el poder del Espíritu inspira y conduce al fin,

Hoy en día, la primera misión de los cristianos será infundir nuevo vigor a la cuestión del sentido, irradiando en la sociedad la inquietud  de búsqueda de sentido de la vida y de la paz que emana de las respuestas de la fe. Para eso se requiere una capacidad de lectura crítica del presente, abriéndolo a la profecía. La fe tiene que asumir el trabajo de la inteligencia para aprender a estar en la historia, para dialogar con cada cultura, pero sin perder su propia identidad, la riqueza de su memoria. Así no se deberá ni renunciar al mañana, ni huir por caminos retóricos o utópicos. La incapacidad para enfrentar críticamente la mentalidad corriente cede a la tentación de refugiarse en las prácticas tradicionales o en la emotividad religiosa. Se requiere un vigilante discernimiento a la luz del Evangelio y no visiones inmóviles hacia épocas pasadas muy brillantes.

Para la elaboración y construcción de un futuro orientado en sentido cristiano importa una propuesta cultural nacida de la participación entre todos los agentes de pastoral y compartible con nuestros contemporáneos. Los evangelizadores no sólo deben conocer el lenguaje y la cultura de los destinatarios del mensaje, sino tener en cuenta el complejo contexto económico, político, social, espiritual y moral en el que viven. Como se indica en la Eclesia in America, n.70: "la nueva evangelización requiere un esfuerzo lúcido, serio y organizado para evangelizar la cultura".

Vivimos en una creciente desconfianza hacia las instituciones, los gobiernos, los bancos, las empresas, debido a su poder, a la falta de transparencia, los intereses personales y la imprudencia farisea.

Las iglesias también son instituciones y están envueltas en este "tsunami" de escepticismo y cinismo. La campaña anti-católica de Dan Brown confunde las ideas. A los ojos de la opinión pública no importa que sean obras de fantasía, con aproximación histórica facciosa. Cualquier falla institucional refuerza la percepción: las irregularidades financieras, intentos de ocultar los fracasos del clero, la arrogancia o la intolerancia. Sólo hay dos formas de reaccionar: 1) tomar medidas apropiadas para asegurar que las instituciones no se conviertan en una fuente de descrédito, 2) asegurarse que las importantes contribuciones de las Iglesias al bienestar de la sociedad sean apreciados y comprendidos.

Habrá que configurar la fe cristiana en términos que minimicen la importancia de las instituciones religiosas. La marginación de los católicos en el proceso de construir el futuro, aunque genera entre los creyentes desaliento y confusión, no debe hacer caer en el fundamentalismo, llevando a concluir que vivir auténticamente conduce a salir de la historia y de la tradición.

Un gran desafío de aprendizaje consistirá en  identificar los contenidos fundamentales de la fe, en su impacto con los núcleos más vivos del pensamiento y del ethos contemporáneo.

Hay temas emergentes, en el debate cultural y en la vida social, para los cuales es necesaria una respuesta interdisciplinar que, iluminada por el Evangelio, oriente a los cristianos en el pensar  y el actuar  y los hagan capaces de dialogar con todos. La propuesta debe morder la realidad, bien enraizada en la verdad de la situación presente. Es prudente y sabio quien ve la realidad como ella es, quien vislumbra su sentido de fondo. Sabemos que aprehender la esencia de la realidad no coincide con mucha información, sino que consiste en dirigir la mirada a la profundidad de las cosas. Conviene elaborar el mejor conocimiento posible de los acontecimientos, pero sin ser rehén de ellos.

4.1 Construir una identidad cristiana en la sociedad pluralista

En la moderna sociedad pluralista conviven muchas visiones del ser humano y de la sociedad. El Estado debía ser neutral dejando a cada uno su propia opinión. Este relativismo para salvaguardar la libertad constituye una amenaza a la democracia y está en discusión en el campo ético. ¿Qué significa la libertad como fundamento del actuar y frente opciones diversas?

Los cristianos deben despertar para construir una identidad: la identidad nacional, local, cristiana. Las identidades colectivas tienden a perder fuerza. Conviene hacer emerger una conciencia de los ciudadanos en relación al país,  reconocer la presencia cristiana y asumir la responsabilidad de confrontación creativa con otros componentes culturales. Si queremos vivir en paz, con respeto y solidaridad, será fundamental una identidad capaz de dejarse enriquecer con nuevas expresiones y valores, y así resistir los tiempos.

El desarraigo cultural, motivado, tanto por la urbanización galopante como por fenómenos migratorios de origen diverso, produce personas "políticamente impotentes, económicamente marginadas y culturalmente aisladas"[11].

Los teólogos tienen el papel de pensar la fe en diálogo con las disciplinas, respetar su epistemología y  colocarse en espacios interdisciplinares, capaces de leer la historia en profundidad, a la luz de la fe. Los contextos urgen a superar el inmovilismo de la teología y orientarse en la relación entre fe y cultura.

4.2 Curar los estragos de la globalización y acoger sus potencialidades

La economía está llamada a superar una visión fatalista de los fenómenos económicos, a difundir una visión aplicada del personalismo cristiano. Dentro del contexto económico basado en opciones individualistas, el papel de los cristianos es testimoniar una cultura de la solidaridad, llevar el fermento del Evangelio. Frente a la creciente brecha entre ricos y pobres, los injustos desequilibrios en el acceso a bienes y el daño a la naturaleza es importante llamar  tanto a la transformación del concepto de desarrollo, como invitar a los cristianos a vivir el ideal evangélico de pobreza, dispuestos a compartir la solidaridad.

La cultura de la donación, a la que alude la encíclica Caritas in Veritate, como ruptura de la regla del egoísmo utilitario que domina la sociedad occidental, sería la base de las nuevas relaciones sociales entre los pueblos, enlace entre las personas. La revolución cristiana del don, opuesta a la obsesión del lucro, es un medicamento que templa la regla del provecho individual y del mercado, clave del orden y desorden actual.

Según el último documento de trabajo del Sínodo, el fenómeno de la globalización, más allá del aspecto económico, trajo el debilitamiento de las tradiciones e instituciones. Los lazos sociales y  culturales no comunican valores y no dan respuestas a las preguntas de sentido y de verdad. "El resultado es una pérdida considerable de la unidad de la cultura y de su capacidad de adherir a la fe y de vivir con los valores inspirados por ella" (Instrumentum laboris, Sínodo 2012, n.47).

Los signos de este nuevo contexto: debilidad de la vida de fe de las comunidades cristianas, disminución del reconocimiento de la autoridad del magisterio, privatización de la pertenencia a la Iglesia, reducción de la práctica religiosa, falta de empeño en la transmisión de la propia fe a las nuevas generaciones. . (Instrumentum laboris, Sínodo 2012, n.48).

4.3 Gestionar con sentido de responsabilidad la cohesión social y la libertad política.

¿Cuál es el papel de las comunidades creyentes en la cultura post-ideológica? Después de la caída de las ideologías y el debilitamiento de la identidad de los partidos políticos ¿qué hacer? La difusión de una cultura personalista cuestiona una política sin tensión para el bien común. Este valor fundamental se basa en la antropología cristiana.

Los fieles laicos están llamados a colaborar con los diversos componentes de la sociedad, superando  la oposición histórica entre laicos y católicos, en el ejercicio de una responsabilidad política.

Observamos que ya no es sólo la economía, sino la aritmética la que asume el lugar de la política. Hay una dictadura de las cuotas, los índices, las encuestas, la facturación inmediata. Se estableció lo cuantitativo como criterio único: un investigador es evaluado por el número de artículos publicados en revistas anglosajonas; un policía, sobre la base de las multas cobradas por día; el valor de una trasmisión, por la audiencia; la calidad de una película, por los espectadores; la estima de un libro basado en las ventas; el valor de una persona por el número de amigos en Facebook.

Todo se torna empresa: escuela, hospital, patrimonio, investigación, correos... Ahora no parece una política con visión cultural considerar rentable lo que es inestimable. Para reducir costos se reparte una persona en actos tarifados,  se venden servicios públicos en tramos.

Para que esta mentalidad no alcance el nivel de un medio que se convierte en un fin, es importante estar en vigilia. Si nos dejamos llevar por estos criterios, el objetivo final es enterrar al vecino para permanecer encima, ya que el beneficio o el lucro son el único criterio. ¿Se puede arruinar al personal de una empresa a favor de su cotización en la Bolsa? El puro mercado fragmenta lo que la historia de una nación logró cruzar y fecundar, hace que las regiones compitan en vez de cooperar, torna las universidades concurrentes en vez de complementarias, convierte las bandas de edad enfrentadas en lugar de comunicarse de forma saludable. El abuso de las técnicas de lucro es inhumano e inmoral.

Una mentalidad de este tipo nos lleva a una economía de subsistencia, si es que no nos encontramos ya en ella. La sociedad no son nichos de un sistema económico que fragmenta los sufrimientos, deja suelta la ceguera de las corporaciones, franjas de sociedad, como si del egoísmo profesional resultase  la solución de situaciones injustas. Es hora de decir no a las segregaciones territoriales que aíslan los centros de las periferias, generando espacios sin esperanza.

Urge una verdadera cultura política capaz de tejer, interligar, interconectar para no volver a los tribalismos que se alzan aquí y allá. Todavía hay una trama sobre la que construir redes con la ayuda del enorme potencial de las nuevas tecnologías. Régis Debray, con cuyo análisis me identifico, lo llama "re politizar la sociedad."

En tiempos difíciles hay que arremangarse la mangas y ponerse al servicio, sobre todo de los pobres y excluidos, y garantizar rutas de salida para la dignidad humana, pensando con  libertad, respecto a las ideologías en boga y los preconceptos en disparo.

La política deberá dialogar con la ciencia y la tecnología y respetar la complejidad del todo, en vez de dejarse orientar por la simplicidad contable. La realización de una política responsable originará  cambios profundos, que sólo serán posibles si hay coraje, porque las adversidades serán muchas.

Adquiere especial importancia a la gestión de la relación entre el bien común y la democracia y la relación entre la democracia y la verdad. Las exigencias de la mayoría pueden mortificar las necesidades de los menos afortunados. La Iglesia no renuncia a participar en el debate general y político, proponiendo puntos de vista inspirados en el Evangelio. La relación entre la ética y los derechos en una sociedad democrática, tiene múltiples articulaciones prácticas.

Nuestra responsabilidad siempre limitada, debe abarcar la totalidad de la realidad, que es importante observar, sopesar, evaluar y decidir en el momento actual, arriesgando una mirada de futuro, reflexionando sobre las consecuencias del actuar. Quién actúa ideológicamente se ve justificado en  su idea. Quién actúa responsablemente pone su acción ante la responsabilidad de otros y frente al juicio de Dios. Esta racionalidad ética aparece en nuestros días como un reto histórico sin precedentes. Además de la conquista de una racionalidad científica-técnica , en la situación actual, se impone un vínculo moral con una responsabilidad social. No basta una ética individual o virtuosa, sino que emerge como imperativo una responsabilidad profundamente solidaria.

La responsabilidad cívica y política de los católicos debería mostrarse en la ciudadanía interventiva. Cristo vino para salvar a la persona humana concreta  y real, que vive en la historia y en la comunidad. El cristianismo tiene una dimensión y una valencia pública. De la adoración vienen los criterios para el actuar.

4.4 Ingresar con sabiduría y creatividad en el nuevo espacio operado por la revolución informática

Se creó un nuevo espacio social con enorme influencia de la cultura mediática y digital, con ágil difusión en red. La difusión cada vez mayor de las tecnologías informáticas y de los sistemas multimedia está cambiando profundamente la realidad social y cultural. Conducen los católicos a combinar el testimonio de la fe y la profesionalidad, con la presencia en los Areópagos de la información. El Instrumentum laboris para el Sínodo de 2012 habla de “mirada crítica y un uso inteligente y responsable”, de estos medios “sin prejuicios” (n 60), y de “un discernimiento atento y compartido para intuir en el mejor modo posible las potencialidades” (n. 61). La cuestión de los medios de comunicación es sustancialmente antropológico: denota una forma de ver, pensar, concebirse a sí mismo, a la vida y a la historia. Sólo señalamos algunos temas:

–        El flujo de información es superior a la capacidad de asimilación, lo que genera confusión.

–        La rapidez y la difusión capilar reducen el papel de las agencias educativas en la transmisión de valores y en la formación de la conciencia crítica y torna egocéntrica y emotiva la relación social. La velocidad afecta a la reflexión, la meditación, el diálogo interpersonal. La comunidad debe alentar tiempo de silencio y redescubrir la familia como transmisora de valores.

–        La pérdida de la autonomía de la información debido a la intervención del poder político y económico - las exigencias del marketing y del espectáculo que adulteran el liderazgo político.

4.5 Favorecer el diálogo fecundo con el mundo científico y técnico contemporáneo

La ciencia y la tecnología aparecen para muchos como  los "nuevos ídolos del presente", como subraya elInstrumentum laboris el Sínodo (n.58). La tecno-ciencia para la mentalidad actual corresponde a una especie de gnosis, de sabiduría a quien inmolarse para obtener resultados inmediatos de bienestar. Entre las ciencias se destacan, en la actualidad, la bioética y la biogenética, por las profundas  consecuencias para la vida colectiva de la humanidad y la ecología, que requiere un replanteamiento de la relación con la naturaleza, a nivel internacional y a nivel personal. Los cristianos están llamados acoger con respeto lo que se refiere a su propia creaturalidad y transmitir a las generaciones futuras aquel don de origen divino, la creación, que han recibido de las generaciones precedentes.

Esta enorme búsqueda de conocimiento del cosmos puede ser encaminada  a llevar al ser humano a la trascendencia. Hay una función reguladora -no sólo de los mercados financieros- que la reflexión filosófica está convocada a operar. Para organizar y estructurar esta avalancha de conocimientos y fortalecer la capacidad de verdad de la razón, la filosofía tiene  una misión sapiencial: "una sabiduría donde el conocimiento científico se desarrolla  en un horizonte iluminado por la reflexión metafísica"[12]. Compete a los pastores conseguir hacer aproximar esta reflexión del cotidiano de las decisiones de los cristianos.

4.6. Ser capaz de intervenir en una cultura de comunicación de masas

En nuestra sociedad de fenómenos de masas con interferencias en la comunicación, en la política y en la economía, la comunidad cristiana tiene el deber de ofrecer su propia contribución para afirmar los valores que ponen a la persona humana en el centro de las opciones. Para la renovación cultural de la sociedad los católicos deben contribuir con la afirmación de los valores de inspiración cristiana. Una cultura renovada de la comunicación, fundada en el respeto por el ser humano, interpela un lenguaje consumista, publicitario y supera la alienación.

Ocurre atención a las formas de comunicación pública, ámbito en el que se deben declinar los contenidos de la fe, a saber: la vida afectiva, el trabajo y la fiesta, la fragilidad, la tradición, la ciudadanía. Estos son puntos de profunda intersección entre el Evangelio y la cultura.

4.7 Mostrar sensibilidad estética y valorizar el patrimonio

La búsqueda de la belleza adquiere en la cultura actual un peso que debería hacer pensar. Ya sea la valoración del tiempo libre, o la sensibilidad para la estética, se abre un camino para una atención  a las cualidades de la forma en las propuestas cristianas, así como una valorización del patrimonio que se une a la búsqueda de una identidad arraigada en la tradición. Conseguir interpretar la producción cultural y artística de los que nos han precedido, de modo atractivo y motivar para el respeto de esos bienes es hoy un servicio integrador, que complementa el diálogo inter-generacional y, a veces, corrige una mirada de desprecio hacia el pasado o de  temor por el futuro.

5.      La Iglesia produce cultura en la práctica pastoral

Enfatizar el valor cultural de la pastoral, no reduce la pastoral a cultura. Preocupa verificar el papel de la tradición cultural en la opción de la fe cristiana, sin adecuar la opción de las actitudes vitales. Sólo una minoría es diligentemente practicante y comprometida, en el campo social y eclesial.

Toda pastoral en sus diversas dimensiones, debe dar una contribución decisiva a la renovación de la cultura en sentido cristiano.

El Proyecto Cultural de la Conferencia Episcopal Italiana concilia la dimensión pastoral y la perspectiva cultural en  interacción, porque toda pastoral está llamada a ligar la fe en la cultura y trabajar para transformar la cultura por el anuncio de la Buena Nueva.

Es conveniente evitar respuestas ocasionales y extemporáneas,  y cultivar la idea de proyecto. Iniciativas desordenadas son incapaces de incidir en la dinámica cultural. Muchas veces las intervenciones son convulsivas, intermitentes e insignificantes.

La pastoral, a través del anuncio de la fe, de  la catequesis,  de la liturgia y de las obras de  caridad es capaz de incidir sobre la mentalidad y sobre los comportamientos generando  cultura.

De hecho, esto sucede en  la vida normal de la acción pastoral de las comunidades cristianas, en la vida cotidiana de los cristianos, en su misión concreta, en el trabajo, en los pensadores, artistas, escritores, legisladores, comunicadores.

Las tendencias culturales prevalentes actualmente interpelan la pastoral  ordinaria para salir de una pastoral indiferenciada  e insertarse en una fuerte experiencia de vida, acompañada y sustentada. No se puede imponer la verdad, porque no es una teoría abstracta, sino acoger la persona de Jesús, comprender y comunicar, dentro de una experiencia integral, personal, comunitaria, concreta y práctica.

1.      La primera cuestión cultural por enfrentar, porque es transversal a toda la pastoral, es el problema del lenguaje eclesial y su comprensibilidad por las personas de la post-modernidad. Esto implica aprender a ser interlocutor inteligente e inspirado evangélicamente con  la cultura del contexto, habiéndola purificado de elementos negativos y elevada a la luz del Evangelio. Encontrar una comunicación creíble y comprensible que dé inteligencia a la vida cristiana, en la era de la revolución digital e informática requiere un aprendizaje humilde. Pertenece a la dimensión misionera esencial de la fe: decir la fe en un lenguaje comprensible, abriéndose al diálogo cultural.

2.      Otro punto es la formación: anunciar la verdad con la esperanza de un mundo nuevo, de la iniciación a la profecía.  Resalta, cada vez más, la importancia de un itinerario personalizado y diferenciado siguiendo el estilo catecumenal (RICA). El contexto cultural obliga repensar los contenidos y los métodos del anuncio para captar las preguntas de las personas, responder a sus expectativas, ampliar los marcos de referencia, conocer las diferentes etapas de la vida, cuidar una formación gradual que unifique  la oración y la caridad, descubrir formas actuales para vivir  en la historia de los valores irrenunciables de la justicia y la paz. Los principales agentes de la inculturación de la fe en la parroquia son los cristianos de fe adulta.

3.      Otra cuestión es celebrar  la verdad en la belleza de la fe. El ámbito de las celebraciones sacramentales, pareciendo el más obvio en la relación con la cultura, ha sido bastante banalizado por muchas comunidades, sin el sentido del misterio, sin la belleza de las formas y rituales, de la música y de los espacios. Un seco ritualismo sin sentido de fiesta o la trivialización de un encuentro sin la  marca sencilla de la belleza y la verdad, no sirven  a la sed de  lugares de acceso al misterio que buscan tantos contemporáneos nuestros.

4.      La vivencia de la caridad: hacer la Verdad en la caridad. En vez de decir la verdad, "hacer la verdad en la caridad". Felizmente asume tantos rostros y figuras en la proximidad de los cristianos a los más marginados: la predilección por los pobres, la incidencia del testimonio en una sociedad individualista. Parece natural a la fe el esfuerzo por elaborar, con la participación de todos los agentes de una región, los proyectos sociales, políticos, económicos y culturales en los que los cristianos testimonien  sus valores.

5.      Ante la adversidad del contexto, adquieren importancia las pequeñas comunidades, donde la fraternidad es más personalizada, laboratorio donde se puede gustar la caridad cristiana, escuela permanente de los valores que inciden  en la cultura actual y la fermentan y purifican. Consciente de ser pequeño rebaño cohesionado y con  identidad  cristiana bien firme, ofrecerá un tiempo atribulado y desorientado, un estilo sencillo y sobrio de vida sabia y feliz.

6.      Prioridad de la contemplación ante un sentimiento religioso vago y poco comprometido. El término espiritualidad va ganando espacio en el uso cotidiano para describir un conjunto de creencias y prácticas que ofrece a los individuos una visión más  amplia de la realidad que la  materialista. Esta espiritualidad no siempre es teísta ni institucional, sino algo personal, privado y ecléctico, que reúne a ideas, valores y prácticas de diverso origen. Constituyen una especie de collage sin consistencia, lo que no es un problema en el clima posmoderno. La pastoral no puede descuidar la mistagogía y la pedagogía de la oración capaz de generar cultura. Crear propuestas fuertes de oración y cuidar con paciencia y competencia la maduración  de un camino espiritual requiere maestros capaces de elaborar un lenguaje de la espiritualidad cristiana. Las aspiraciones espirituales de las personas de nuestro tiempo necesitan encontrar respuestas verdaderas en la mística cristiana.

7.      La familia permanece como valor, pero alterando el sentido: pasando de lo institucional a lo relacional. Se destaca, hoy en día, la dimensión de las afinidades, el individuo relacional. Lo que ocupa el puesto central es la amistad. La familia es la primera escuela de la humanidad, el ambiente fundamental para crear y transmitir la cultura, el más frecuentado e incisivo, que elabora los valores básicos: atención a la persona, intercambio, reciprocidad de derechos y deberes, el respeto por la libertad del otro, espíritu de trabajo, sobriedad, coraje en el sufrimiento.

8.      Revaloración de los organismos eclesiales de participación para un discernimiento comunitario. Sin la participación de toda la comunidad cristiana y de los agentes de pastoral no se puede valorizar la dimensión cultural de toda la pastoral. Los órganos eclesiales de participación están llamados a dedicar tiempo y recursos humanos para reflexionar sobre los contextos culturales y encontrar vías sencillas y efectivas para poner en práctica las decisiones apuntadas.

9.      El Voluntariado cultural asume ya en algunas diócesis y comunidades un lugar significativo y corresponde a un servicio gratificante que humaniza tanto a los benefactores como a los beneficiarios.

Particular lugar asumen los centros culturales católicos, ramificación de la inculturación en el territorio. Sólo una nueva generación de agentes de pastoral puede transformar todavía la pobre experiencia de encuentro y diálogo entre fe y cultura.

10.  Servicio Nacional para Cultura. Las experiencias de este servicio son muy positivas, como apoyo estructural que anima a la dimensión cultural de la pastoral, como Caritas sustenta y anima la dimensión de la caridad pastoral.

Es necesario poner en pie una organicidad proyectual y una capilaridad de intervención. Conviene vigilar la flexibilidad y agilidad de las estructuras. Las facultades de teología y centros de investigación, que piensan críticamente la fe, deben integrar el trabajo pastoral a planificar.

Estos tópicos  y otros muestran cómo toda pastoral puede impedir o contribuir al diálogo entre fe y cultura. Sin nostalgia del pasado, urge pensar nuevas formas de inculturar la fe cristiana, como inventan los movimientos eclesiales, en las dificultades y las crisis de una cultura cada vez más planetaria y cada vez más fragmentada, para evangelizarla por dentro y contribuir su desarrollo al servicio de una humanidad más plena.

Carlos Azevedo, Delegado

Consejo Pontificio de la Cultura

21-09-12, Tucumán, Argentina,

[1] Cfr. HUENERMANN, Peter - Le ultime settimane del Concilio. In STORIA del Concilio. Dir. G. Alberigo. Vol. 5 Bologna: Soc. Ed. II Mulino, 2001, p. 394.

[2] Cfr. HUENERMANN - Le ultime, p. 434.

[3] PABLO VI - Evangelii Nuntiandi, n.20.

[4] JUAN PABLO II - Acta Fundacional del Consejo Pontificio de la Cultura, 20-5-82, n.2.

[5] Ibíd.

[6] Juan Pablo II - Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura,  15 -1-1985.

[7] Cfr. CPC - Para una pastoral de la cultura. Roma: Lib. Ed Vaticana, n.3.

[8] Cfr. Para una pastoral del cultura, 17.

[9] Cfr. AUBIN, Vincent; MOREAU, Denis - Le christianisme est-il dans le solubles contre-cultura? Etudes. 4153 (2011) 207-217.

[10] Pastoral de la Cultura, n.3, p. 12

[11]  Para una Pastoral de la Cultura, n.8.

[12] Cfr. Para una pastoral de la cultura, n. p. 30v.